¿Hay alguien más ahí?

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Estamos solos en el universo. La mayoría de la comunidad científica empieza a converger en esta certeza dramática y asoladora. A pesar de la ecuación de Drake que pretende aliviar la tremenda carga de responsabilidad que supone un cosmos con una sola civilización, la paradoja de Fermi impone su implacable realidad.

Frank Drake, radioastrónomo, presidente del instituto SETI y tenaz buscador de inteligencia extraterrestre (mediante el rastreo de ondas electromagnéticas) postulo esta fórmula probabilística con resultados bastante esperanzadores para la soledad humana. Unos años antes (1950) el físico Enrico Fermi (premio Nobel en 1938) había elaborado de manera informal una contradicción que fue tomando valor científico y todavía hoy sigue vigente. Básicamente  contraponía en una paradoja la tendencia de pensamiento y todas las investigaciones que apuntaban a un cosmos habitado contra los datos prácticos hasta la fecha, la ausencia de vida inteligente extraterrestre. Muchos leyeron en este enunciado el pensamiento de Fermi en esa época; la falta de confianza en el futuro de la civilización humana. Fermi estaba trabajando en el Proyecto Manhattan (bomba atómica) y sabía que en la fases iniciales de una civilización, a medida que aumenta el progreso tecnológico que garantiza su supervivencia, lo hace de la misma forma la capacidad de autodestrucción absoluta. El hecho de no encontrar rastros de civilizaciones que tecnológicamente tuvieran la capacidad de contactar con la nuestra, ponía en evidencia el incierto futuro de la humanidad.

Y la gran pregunta que surge de todo esto. ¿Qué se supone por vida inteligente?. Estamos acostumbrados a relacionar  inteligencia, tecnología y progreso. Desde el paradigma humano imaginamos un tipo de universo a la medida del cerebro humano, condicionado y que se exprese en un lenguaje inteligible, el matemático. Los recientes estudios que se llevan a cabo con delfines y algunos de los grandes cetáceos nos están desconcertando. La complejidad y desarrollo del cerebro de estos mamíferos marinos, sus conductas, hacen pensar que la inteligencia no sea territorio exclusivamente del hombre. Entre la comunidad científica empieza a surgir la hipótesis de que nos encontramos ante la primera forma conocida de inteligencia no humana. Los delfines, aparte de sus dotes de bufones acrobáticos, parece ser que pueden poseer un cerebro más desarrollado que el humano en ciertos aspectos, mejor adaptado para la comunicación, más sociable, integrado, pero sobre todo no tecnológico.

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